Abastos a las nueve

Hay una hora en Valencia donde la ciudad todavía no decidió del todo qué va a hacer con el día.

Pasa entre las ocho y media y las nueve y media. Las persianas empiezan a subir. Alguien arrastra una silla desde dentro de un bar. Una moto cruza demasiado rápido una calle todavía vacía. El sol ya está ahí, pero todavía no cae con esa seguridad que tendrá a las once.

Abastos, a esa hora, se parece poco a la Valencia de las postales. No hay grupos de turistas. No hay mesas llenas. No hay prisa, todavía. Hay vecinos. Gente que baja con cara de sueño. Personas entrando a la panadería de la esquina sin hablar mucho. Alguien escuchando un audio de WhatsApp mientras espera un café.

A las 8:29 entra José.

José es nuestro vecino de al lado, el del local contiguo. Pide un espresso doble y se queda un par de minutos en la barra. A veces hablamos del tiempo. A veces no hablamos de nada. A veces solo levanta la cabeza, mira hacia la calle, y los dos sabemos que está todo bien. Después se va a abrir su sitio.

Lo hace todos los días desde que abrimos.

Hay un tipo de fidelidad que no se programa con tarjetas de puntos. Pasa porque sí, porque el horario coincide, porque hay un café que funciona, porque la persona que está detrás de la barra te cae bien. Y porque el local de al lado abre un poco antes que el tuyo, y eso —en una mañana de invierno valenciana— también cuenta.

Después de José empiezan a aparecer los demás.

El chico que pide un batch brew y le gusta ir cambiando de origen, y antes de irse deja pagado el matcha de su novia, que pasará un rato más tarde. La señora que entra preguntando si ya salieron los rolls. El sonido del molino arrancando por primera vez. Las primeras conversaciones en inglés. Después en italiano. Después en español otra vez.

A esta hora, la cafetería todavía no está funcionando del todo como negocio. Está funcionando como lugar. Es una distinción pequeña, pero la notamos casi cada día.

Estamos a un par de manzanas del Mercado de Abastos, que le da nombre al barrio. La estación de Ángel Guimerá queda a la vuelta, y hasta Plaza España se llega caminando sin darse cuenta. Por delante de la puerta pasan ciclistas con prisa, repartidores que conocemos de nombre, una madre que lleva al niño al colegio y nos saluda con la mano. El barrio funciona despacio, pero funciona. Tiene sus propios ritmos.

Abastos no es Ruzafa. Y eso —para los que conocen Valencia— quiere decir algo. Aquí todavía hay panaderías que llevan abiertas treinta años. Hay vecinos que se cruzan por la calle y se paran a hablar dos minutos. Hay tiendas que no han cambiado de cartel desde los noventa. Y, en medio de todo eso, hay algunos sitios nuevos —el nuestro, alguno más— que intentan no romper demasiado el equilibrio.

Hace tres años, cuando llegamos desde Buenos Aires, no sabíamos casi nada de este barrio. Lo elegimos un poco de oído. Por un local que estaba disponible, por una calle que nos gustó al recorrerla, por la sensación —difícil de explicar— de que aquí podíamos hacer algo.

Sigo pensando que la elección fue acertada cada vez que veo a José cruzar la puerta a las 8:29.

Casi todas las cosas importantes empiezan así. Sin saberlo del todo. Por instinto, por azar, porque la calle tenía la luz adecuada esa mañana.

A las nueve y media la cafetería ya está llena. Empiezan a entrar los clientes del primer brunch. Las conversaciones suben de volumen. Szabi empieza con la segunda tanda de V60. El día, por fin, se ha decidido a empezar.

Pero la hora que más nos gusta acaba de pasar.

Javier
NUWANDA, Valencia

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